
Hay que hacer una historia en la TV, generar un drama bien articulado en una película o hacer gárgaras con la pobreza en los debates presidenciales, para que miremos hacia el lado y reconozcamos que nuestros verdaderos problemas no concurren a nuestras vidas cuando cae el IPSA, cuando se acaba el crédito de una tarjeta o no podemos construir malles (o moles?) con el destajo y la voracidad que quisiéramos. Todos sabemos que algo muy esencial anda mal, pero ¿qué importa?. La rutina de una vida miope, la suavidad de los números, la entretenida vulgaridad de los medios, la incompetencia patética de los gobiernos y sus parlamentos, la popularidad del ravotril, los nuevos ricos y su insoportable discurso, los nuevos pobres y su clamor pisoteado por todas las cosas anteriores y tantas más. En Chile, hay que pedirle perdón a los pobres. Pero esa obviedad debe acompañarse de un esfuerzo serio por incorporarlos con hechos y sentimiento a un sistema en el que haya cambios radicales en la regulación de la distribución de la riqueza y la educación. Más acción y menos retórica barata. Hablar livianamente de puertas giratorias, estigmatizar las poblaciones más vulnerables, ponerle semáforos a las escuelas pobres de Chile, hacer comiditas de beneficio, es ahondar la vergüenza que sentimos por haber hecho tan poco en tanto tiempo.
Ricardo Gómez
Cedip promueve construir equidad en nuestra área mediante el libre acceso a la información médica, para mejorar la práctica clínica y la atención de pacientes embarazadas.
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En una península precordillerana, un faro es apagado por los prejuicios y la tristeza. A cientos de kilómetros, hombres y mujeres esforzados conviven en una caleta con uno de esos puñados milagrosos de naturaleza que Dios arrojó tras una montaña que los protegió por tiempos no discernibles.

